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Trauma del regalo navideño

29.11.2018

Anoche me fui a cenar -¡Ea, tirando la casa por la ventana un martes!- con mis amigas las viborillas, esas que cuando les da por cotillear, no dejan ni la capa de Superman a salvo  Y después de desgranar los problemas del mundo, dando la sensación de que nos encontrábamos en lo que parecía una terapia en grupo, nos adentramos en el mundo del trauma del regalo navideño. Así que he decidido compartir hoy con vosotros en LAS IDEAS DE GALA esos regalos que cuando pequeñas anhelábamos a más no poder pero que jamás hemos tenido.

 

Estoy seguro que todo el mundo, cuando vive la inocencia de la Navidad, siempre ha tenido un deseo que le gustaría recibir debajo de su árbol, junto a la chimenea o en los calcetines. Y que incluso, seguimos pidiendo al Ratoncito Pérez, o cuando es nuestro cumpleaños, o aniversario o fecha señalada en la que nos merecemos un regalo.

 

Mi amiga Mara siempre ha querido una bicicleta, de esa de paseo, con su cestito de flores y cintas rosas y blancas. En su lugar ha tenido patinetes y patines. Y de mayor tiene una de montaña, pero sigue anhelando el tener la bici de sus sueños.

 

Sara, por su parte siempre quiso una cocinita. En su lugar le llegaron carritos de té, sillitas de bebé con el muñeco... Aysss, quizás si hubiera tenido su coninita, dice Sara, hubiese aprendido a ponerle más pasión a la cocina y no se le quemarían ni los espaguetis.

 

Mamen, que es mucha Mamen, siempre quiso una videoconsola. Empezó pidiendo la legendaria Atari, después se pasó a Nintendo y Sega, pero nada de nada. Ella piensa que al ser hija única y mujer en aquellos años pedir una consola era una aberración para sus padres. Y la verdad es que si lo piensas, los anuncios de videojuegos de aquella época eran siempre con imágenes de varones y jamas niñas.

 

Yo por mi parte siempre he querido un regalo muy concreto. Se lo he escrito desde la saciedad a los Reyes Magos. Se lo decía a mis padres cuando se acercaba mi cumpleaños, se lo he dejado caer al Ratoncito Pérez, a las parejas que he tenido e incluso a mis amigas en alguna ocasión por si se estiraban y me lo regalaban.

 

Y es que siempre he querido tener una casa de muñecas. Pero no una de esas modernas. No. Una casa de muñecas, de estilo Victoriano, con una azotea de buen tamaño y que esté sin decorar, pues me encantaría poder diseñarla con un toque contemporáneo, a la par que clásico a mi gusto. Trabajar en ella, construir peldaño a peldaño, seleccionar los cuadros de artistas que más me encandilas y enmarcarlos en sus paredes... Le pondría unos pequeños paneles solares para que pudieran producir luz. La cocina tendría hasta sus cubitos de reciclaje y habría un pequeño huerto urbano en la azotea ¡Si es que la tengo totalmente diseñada en mi cabeza!

 

Y la pregunta es, ahora que somos adultas, que ganamos nuestro dinero, que tenemos nuestros ahorrillos... ¿por qué corcholis no nos hemos comprado nuestro anhelo de la infancia?

 

Pues por que no es lo mismo, hemos coincidido todas. Tienen que regalártelo. Si te lo compras tú, pierde parte de su ilusión. Tienen que darte un paquete, desenvolverlo, quedarte con la cara blanca de la sorpresa, soltar las lágrimas porque hay alguien que realmente ha pensado en ti después de tantos años y experimentar un grado cataclísmico de euforia en el que no ves el momento de salir corriendo y ponerte a utilizarlo.

 

Y este es el trauma del regalo navideño, woo, woo, y más woo... He pensado en varias ocasiones el comprarme una casa de muñecas pero sigo pensando lo que os he comentado. Me la tienen que regalar. Así que ahí lo dejo, por si mi Mamuchi lee esta entrada o mis amigas piensan hacerme un regalo por mi próximo cumpleaños.

 

 

 

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